Diarios de Campaña de la Dragonlance. Capítulo 1: Durvik

Era bien conocido que desde tiempos del Cataclismo los bandidos campaban a sus anchas por las carreteras de Durvik, al sur de Kharolis, a menudo robando para sobrevivir. Lo que, por tanto, intranquilizaba más a nuestros viajeros era lo apacible y falto de incidentes del primer día de viaje, tanto con bandidos como entre los mismos viajeros, que formaban una compañia nada natural. Así pues, después de caminar por entre los campos y la esteparia, la puesta de sol acompañó la llegada a las montañas; y con las montañas, la llegada al Paso.
«Esperaremos hasta mañana para entrar e investigar, ahora estamos demasiado cansados» pensaron, a la vez, todos los compañeros. A la entrada del pueblo, y sin que nadie se percatara de su llegada, Gneo y Trelmar plantaron sus tiendas de campaña; y el primero se apresuró a recoger leña junto a Will y Gaius para poder encender fuego y comer caliente. Durante la cena, Roderick se dirigió a los demás y sus caras de agotamiento:
«Creo que puesto que nadie ha salido a recibirnos, para bien o para mal, deberíamos montar guardia esta noche, ¿no os parece?»
«Yo puedo montar la primera guardia» se ofreció Gneo, «Y puedes acompañarme si lo deseas» añadió dirigiéndose a un Will que caía de sueño mientras masticaba. Aquél estaba siendo, probablemente, el viaje más largo de su vida.
«Yo seguiré, pues» respodió Roderick, ofreciéndose para la guardia más dura.
«Despiértame para el último turno» sentenció Trelmar, que miraba como a los magos se les dibujaba una sonrisa en la cara. Estaba claro que no tenían ningún reparo en usar a los guerreros como escudo.

Gneo estuvo tranquilo, aunque se aburrió al no poder mantener despierto a Will, que cayó fulminado nada más empezar la guardia. Tras unas tres horas echando madera a la fogata y contemplando sus llamas, Gneo despertó a Roderick y se fue a dormir.
A Roderick las llamas le parecían mucho menos interesantes. Le entretenía mucho más pensar en lo terrible que podía llegar a ser el bosque en el que -se suponía- se encontraba la Torre de Wayreth, y en cómo, borracho, había jurado acompañar allí a los magos…

El sol despertó a Trelmar, quien rápidamente maldijo al solámnico y a sí misma. «Si no nos han degollado hoy, no lo harán mañana. Si al acabar el día volvemos a estar agotados, no es necesario que perdamos horas de sueño» sentenció, recibiendo avergonzadas miradas de asentimiento.

Un hombre de unos treinta años se identificó como el guía religioso -“Buscador”, dijo él- local, no sin antes examinar a los viajeros y asegurarse de que no suponían ninguna amenaza para él. En realidad, dicho personaje, de nombre Samuel, no tenía gran influencia en el pueblo, donde habitualmente preocupaba más la marcha de la mina y la venta del mineral obtenido, muy valioso en los tiempos que corrían.
«Antes podrían haber hablado con el Alcalde, el señor Cristofer Sendars, pero falleció a causa de la Plaga» explicaba Samuel. «Y el propietario de la mina y el pozo, Estéfano Doverspeak, marchose en cuanto empezaron a aparecer muertos. Desde entonces ha sido Tungstan, el minero jefe, quien ha estado al cargo. Ahora sólo nos queda la pureza espiritual que sólo los Buscadores podemos ofrecer…» Y dejando a Samuel con la palabra en la boca, los compañeros acudieron a casa de Tungstan; a excepción de Gaius, que decidió quedarse en el campamento a estudiar «Pues esto no va conmigo».
«Nosotros vamos a preparar la comida, cuando nos necesitéis llamadnos» añadieron Gneo y Will.

Llamó Roderick a la puerta del minero con el puño, y le abrió, temerosa, una mujer de veintitantos.
«¿Quién es?» preguntó.
«Mi nombre es Roderick Uth Scher señora, hemos venido de Valens para ayudar contra la Plaga. ¿Podríamos hablar con el señor Tungstan?»
El rostro de la mujer se ensombreció.
«Soy Trelmar, Arianna. Me acogió en su casa hace unos días, y le prometí que traería ayuda. ¿Se acuerda de mí?» Intervino Trelmar. Y Arianna Tungstan abrió la puerta ofreciéndoles entrada.
«Hace cuatro días mi marido subió a la mina y aún no ha vuelto. Temo que haya muerto» explica ella.
«¿Cómo se encuentra su hijo?» interrogó Trelmar al tiempo que los pensamientos de Kal-Obert se entrelazaban a la velocidad de la luz: «Interesante. Puede que sea hora de explorar los caminos de la enfermedad desde otro punto de vista…»
«Mi hijo… si quieren verlo. Temo por su vida. Cada día tiene la fiebre más alta, y tiene la garganta tan hinchada que casi no puede respirar…» explicó la madre.
«Si me permite…» ofreciose Kal-Obert. Y entró junto a la madre a una de las dos únicas habitaciones adicionales de la casa, donde en dos jergones dormían, respectivamete, un niño de unos once años y una joven y bellísima mujer a la que, sin embargo, le sobresalían los pies al final del colchón de paja. A la cabeza de la cama de la mujer se podían ver, apoyados contra la pared, bultos cubiertos con pieles, entre los cuales un largo palo cubierto por cueros y una espada de acero de fabricación desconocida.
«Vaya», exclamó Trelmar, «sigue aquí… ¿Sigue teniendo alucinaciones?»
«Más leves… Ahora ya no se despierta gritando en mitad de la noche, y la fiebre la ha bajado…» respodió Arianna mientras Kal-Obert, observado con suspicacia por Roderick, examinaba al muchacho, quien tosió como si la garganta se le partiera al hacerlo. «Le deben doler tanto los músculos y la garganta que debe preferir morir…» pensó Kal-Obert tras comprovar la sensibilidad del muchacho.
Después del niño, Kal-Obert examinó a la extranjera de ojos del color de la miel.
«La extranjera ya llegó con fiebre, ¿verdad?» preguntole Kal-Obert a la señora.
«Eh… Sí…» respondió, insegura, Arianna.
«Creo que la fiebre de la dama nada tiene que ver con la de su hijo, mi señora» informó Kal-Obert dirigiéndose a todos. «¿Qué beben? ¿Beben vino o cerveza?»
«Oh, no. Traer el vino salía caro, y tenemos un pozo de agua bastante cerca, así que casi todo el mundo bebe agua…» empezaba a comprender Arianna por dónde iba la investigación de Kal-Obert.
«Creo que lo mejor que podéis hacer de ahora en adelante es hervir el agua antes de beberla. E informar al resto del pueblo. ¿Hay alguien con animales en la ciudad, señora?» continuaba especulando Kal-Obert.
«Sí, la familia Cristalsen. Aunque la mayoría de sus animales han muerto o estan enfermos…»

Fuera de la casa el sol y la brisa no conseguían borrar la sensación de que el pueblo estaba enfermo, y no sólo sus gentes.
«¿Quién es ella, mercenaria? ¿La conoces?» interrogó Roderick
«No la conozco. Cuando llegué aquí y Arianna me acogió ella ya llevaba más de una semana en cama. Creo que es de las tribus del norte, de las llauras de Abanisinia, aunque no estoy segura… Parece que ella y la plaga llegaron más o menos al mismo tiempo…»
«No creo que ella sea la causa de la Plaga… es más, creo que ni siquiera le afecta…» interrumpió, pensativo, Kal-Obert. «Creo que deberíamos investigar ese pozo».

A menos de media milla del Paso, en un lado del camino de las montañas, encontraron Roderick, Trelmar y Kal-Obert el pozo, rodeado de yerbajos y con dos cubos metálicos para úso público. Idílico no era sin embargo un término adecuado: las oscuras rocas de la zona, a veces tintadas con musgos verdes y pardos, rodeaban el pozo creando un muro circular con una sola entrada y salida, podían incomodar a cualquiera que estuviera acostumbrado a ver el cielo.
Usando una cuerda para hacer un arnés, y con la misma polea del pozo, bajaron entre los dos guerreros a Kal-Obert. Conforme iba bajando, Kal-Obert sentía como el frío húmedo del pozo penetraba hasta sus huesos, y un hedor cada vez más desagradable, como de aguas estancadas, se iba apropiando del aire.
Cuando llegó al nivel del agua, el hedor era insoportable. Pese a la cantidad de ocasiones en que, en el laboratorio de la academia, había tenido que soportar olores fuertes y desagradables, aquél era insoportable. Tomó todo lo rapidamente que pudo, rascando, muestras del moho y el musgo que allí abajo se encontraba, pegado a las paredes de roca y flotando en el agua; y silbó para que lo subieran.

Kal-Obert cargó con dos cubos de agua llenos durante esa media milla que separaba la fuente de agua del pueblo, y lo hizo sin siquiera pedir a sus compañeros que lo hicieran. Deseaba tanto conocer el resultado de lo que iba a probar que no podía permitirse perder ni un segundo, ni una gota de agua, por culpa de ningún incompetente. Así pues, Trelmar y Roderick dejaron a Kal-Obert a solas, marchando al campamento a comer y exponer a todos la situación.

Los dos cerdos y las dos gallinas le salieron caros, pues quedaban ya pocos animales sanos, pero «el saber no tiene precio» pensó Kal-Obert. También alquiló a los Cristalsen el corral, que dividió en dos para evitar el contacto entre cada uno de los cerdos y cada una de las gallinas. Mientras acondicionaba el corral, Kal-Obert hirvió el agua de uno de los cubos del pozo, y sirvió cada cubo en un abrevadero diferente.

«La mujer ha explicado que su marido lleva días desaparecido. Creo que quizás deberíamos subir a la mina. Está a poco más de una milla de aquí» dijo Roderick, yendo al grano.
«Bueno, ahora es tarde ya, y Kal no ha comido nada en todo el día» respondió Gneo, ofreciéndole un plato de potaje al recién llegado. «¿Porqué no esperamos a mañana?»
«A mi me da igual…» replicó Kal aceptando el plato, «Nada me reclama en la mina».
«¿En que consiste el experimento?» interrumpió, curioso, Will.
«Animales» espetole Kal al joven tahúr y, al parecer, nuevo allegado de Gneo «el desafortunado soldado de fortuna», díjose Kal con sorna. «De lo único de lo que estoy seguro es de que la plaga no es de origen natural» añadió casi para sí mismo, «Ese pozo tenía algo».
«Ni que lo digas» respondió Roderick como si un escalofrío le recorriera el cuerpo.
Ante la oscura afirmación del joven aprendiz de mago, decidieron los compañeros de preparar con calma sus enseres y aguardar a la mañana siguiente para entrar en la mina, pudiendo pernoctar tranquilamente esa noche, sin guardia alguna que interrumpiera el sueño.
Cuando Trelmar se despertó, no se sorprendió de encontrar a Kal ya despierto y concentrado en un grueso libro del que no se separaba ni de día ni de noche, leyendo para sí mismo.
«Yo de tí no desaprovecharía ninguna oportunidad de enfrentarte a los verdaderos peligros del mundo. Y puede que ahí dentro esté lo que buscas, está en todas partes» díjole Trelmar a Kal, dejándolo pensativo. Tras sus ejercicios matinales, despertó al resto del grupo.

Una mujer, alta y de piel morena, abandonaba la casa Tungstan. Trelmar reconoció en ella a la extranjera que la mañana anterior aún disfrutaba de sus últimas horas de recuperación, sin ni siquiera darse cuenta de que era examinada por un joven aprendiz de hechicero. La larga y ondulada melena se dejaba mecer sobre una capa de piel, como sus curvas eran cubiertas también por pieles y gamuzas, cosidas tosca pero muy hábilmente. En absoluto inofensiva si sabía usar la falcata del cinto, el bastón no lo debía necesitar para andar, pues seguía cubierto, atravesado a la espalda.
Roderick, aún bostezando, dió un brinco para atrapar a la nómada antes de que ésta desapareciera por la carretera del norte. Ella hizo ver que no oía sus gritos, aunque aminoró el paso para girarse y contemplar a un aspirante a caballero jadeante, que se apoyaba con las manos sobre sus propias rodillas. Evidentemente, necesitaba más entrenamiento o menos armadura… Al menos, para dormir. Pese al aspecto poco amenazador del solámnico, ella ya se había llevado la mano a la empuñadura antes de girarse.
«¿No cree…» jadeaba Roderick «Que es demasiado peligroso viajar sola, mi señora?».
«En absoluto» respondió ella en un más que correcto abanisiano, «Nada más seguro que viajar sola».
«¿Porqué no… desayuna con nosotros?». La nómada lo estudiaba con suspicacia. «Después de tantos días guardando cama…»
«¿Como sabéis…?» Se sorprendió ella.
«… Necesitará comer algo consistente, si me permite la osadía…»

Sorprendentemente, en escasos minutos Gneo y Will habíanse levantado y se habían puesto a cortar rebanadas de pan de Valens para todos, que cubrían con una pasta hecha a partir de las patatas hervidas con el estofado la noche anterior.
«Si es tan buen guerrero como cocinero» pensó Kal, abandonando su lectura para desayunar, «no me separaré demasiado de él…». Ni Kal ni Gneo recibieron a la viajera con la alegría que Roderick pensó que provocaría la llegada de más “curvas y buenas carnes” al grupo.
«Una boca más al menos significará una espada más, ¿no?» dijo el soldado mientras le ofrecía desayuno a la recién llegada, señalando la espada con el plato.
«Gracias por la comida… Aunque no entiendo para qué querríais mi acero. Y en breve intent… volveré con los míos…»
«¿Y dónde están…» decía Gneo, sin dejar de masticar, «Esos tuyos, cariño?», violentándola. Mientras se sentaba, pensaba que no era capaz de comprender como aquella gente que mostraba tan poco respeto se podía llamar civilizada mientras a ella y su gente los señalaban como salvajes.
«Que-Shu».
Tras unos instantes, Will rompió el silencio.
«Señora, me llamo Will, Will Eyeforge, de Valens. ¿Porqué no se queda con nosotros? La Torre le va de paso…» Como en toda la conversación, la Que-Shu miraba a los ojos de su interlocutor.
«¿Para qué?» interrumpió Kal, convirtiéndose en el centro de atención. «No necesitamos más retrasos, entremos a la mina de una vez y veamos si hay algo allí dentro…»
«¿Qué torre?» interrumpió a su vez la Que-Shu.
«Lo acompañamos a la Torre de los magos, a probarse como aprendiz» explicole Gneo.
«Hechiceros… quizás…» murmuró la nómada para sí, abriéndose en ella una esperanza a la vez que la recorría un escalofriante recuerdo.

Kal fijó su mirada largo rato en el escaso equipaje, examinando qué podía ser ese intranquilizador azul que sobresalía del bastón, escapando a los ropajes que lo protegían. Un deseo de conocer qué era aquello llevaba un rato impidiendo que siquiera mordiera su ración, hasta que un «¿¡Eh, vas a comerte eso!?» de Will le sacó de su abstracción.
«¿Cómo te llamas, mujer?»
Ella lo miró, leyendo en sus ojos más de lo que él quisiera.
«Velvet»
«Ven a la mina, Velvet. Tu camino y el nuestro se ha cruzado y sabes que pasa por esa mina y sigue aún… Ambos sabemos que esa vara te probará allí dentro».

« ¿Y si el origen de sus fiebres no se encuentra en la mina?» preguntó Velvet a Kal y Trelmar, que subían a su lado por el pedregoso camino que llevaba a la mina, tal y como había indicado la esposa de Tungstan. Delante, Roderick, Gneo y Will tintineaban con sus armas y armaduras.

«Una entrada respetable» pensaron los compañeros al llegar y ver las huellas de pezuñas, signo de que los mineros usaban asnos para sacar el metal y el carbón. Del animal ni rastro. Más cerca de la entrada, la tierra andaba más revuelta. Velvet se avanzó.
«Aquí ha habido una lucha». Todo el grupo escuchó a Velvet.
«Unos pocos hombres… fuertes defendiéronse de un grupo numeroso de guerreros más pequeños pero muy feroces» añadía, señalando las marcas de sangre y los tajos astillados en la viga de la entrada. Alguien había tratado de arrancar una saeta de la misma y la había roto, dejando la punta clavada. Velvet seguía aportando detalles: «Los atacantes vencieron y entraron, llevándose a los caídos… de ambos bandos, hacia dentro».
Trelmar, siempre apunto, pasó una antorcha a Gneo. Luego admiró como Velvet sacaba de su vaina, adornada con aves de rapaz, su preciosa falcata, seguramente forjada bajo tierra y con una empuñadura única, adornada con la cabeza de un halcón tallada en hueso. Tensó su arco. Las maneras de su protegido, Roderick, eran mucho más barrocas, y acompañadas de un rezo a uno de esos dioses que se habían ido siglos ha. «Por tanto», pensaba Trelmar, «completamente inútil». Una flecha a punto. Evidentemente, los modos de Gneo eran los más toscos, y Will no había entrado nunca en combate y no parecía tener la intención de iniciarse, pues seguía su espada en la vaina. Kal, que había sacado su libro y revisaba algo en completo silencio, lo guardó en su bolsa y aguardó. Dos flechas a punto.

Tras avanzar unos pocos pasos, la luz del sol huía del espeso aire, que con una ligera corriente les arrojaba un olor a escasa ventilación y un hedor que no debía sentirse allí, como de agua estancada y podrida. La armadura de Roderick multiplicaba los reflejos y las sombras generadas por la antorcha que Gneo alzaba justo detrás de él pero el túnel parecía absorber su luz según avanzaban.
Paso a paso, la grava crujía bajo sus pies, al tiempo que se adentraban en la montaña. Al poco, una estancia se abrió ante ellos, en parte natural y en parte apuntalada por los mineros para aprovechar al máximo el espacio. El polvo, la arena y la suciedad se entremezclaban con sangre y cubrían las mesas de trabajo que, a lado y lado, servían a los mineros para separar el mineral extraído útil para la fundición de la turba. Al fondo, a cada lado un pasillo conducía aún más al interior de la mina. En el suelo, la mayoría de herramientas tenían adheridos pedacitos de seso o tripa, quizás de uno de los dos mineros que yacían en el centro del cuarto, con intrigantes muecas de dolos en sus rostros. Un tercero dejábase ver, de cintura para arriba, bajo una vagoneta volcada.
Avanzose Gneo hasta éste y trató de mover la vagoneta, suavemente, con el pie.
«Por Paladine… creo que deberíamos llevar los cuerpos a sus familias, ¿No creéis?»
«Si es que aún tienen» resopló Gneo ante la propuesta de Roderick. La cara de asco de Will, que no podía apartar su mirada de la cabeza y los sesos de unos de los cadáveres, resumía su opinión al respecto.
«Bueno, pues venga, que no tenemos todo el día» añadió el soldado, propinando a la vagoneta una patada para liberar el cuerpo del minero.

Clic.

Luego una explosión blanca y como un trueno. Esto es lo que oyeron, vieron y oyeron. La fuerza de la explosión los tiró al suelo. La sala nublose con el polvo y la arena, extinguiendo la antorcha. Algunos, como Kal y Trelmar, intuyeron la imprudencia de Gneo y lanzáronse al suelo un instante antes, cubriéndose como pudieron, evitando el pitido continuo que resonaba en las cabezas del resto. Ellos fueron los primeros en levantarse, en la oscuridad.
Kal, al percatarse de la pérdida de la antorcha suspiró, agarró una piedra del suelo y murmuró unas palabras que ninguno de sus compañeros hubiera entendido de haberlas podido escuchar, pero que atravesaron a Trelmar como un escalofrío. La compañía del joven Kal inquietaba a todos por igual, sin embargo. En pocos segundos, tres lucecitas pequeñas como luciérnagas pero potentes como la antorcha de Gneo empezaron a revolotear alrededor de la piedra con vida propia. Kal lanzó la piedra al lado de Gneo, que cauteloso, ahora sí, la agarró.

Una fuerte corriente de aire fresco sacudió a Velvet en cuanto puso un pie en el pasillo de la derecha, que iniciaba una pendiente hacia abajo. Con un gesto, indicó al resto hacia el pasillo opuesto.

Al no poder abrirla Roderick ni a empujones, ocupose Will, con sorprendente habilidad, de forzar la cerradura de la puerta que al final del pasillo se encontraba. Al abrirla, y cual sirviente reverente ofrecer la entrada al aspirante a caballero, un picante olor huyó de más allá de la puerta y se instaló en las narices de todos. No se veían las esquinas desde la puerta, tan sólo la pared opuesta, pero dentro de la habitación, una tenue luz anaranjada permitía ver un par de mesas alargadas y bancos a cada lado.
«No hay nadie. Venga, vamos» avalanzose Roderick hacia dentro, con decisión y su espadón en la mano.
Zup. Zup. Zup.
Tres proyectiles se clavaron en su costado derecho. Gimió de dolor. Con el impulso cayó sobre una de las mesas, tumbándola y arrastrándola con él al suelo. Así, el estruendo fue a más: los cacharros, platos y cubiertos acompañaron a la mesa y cayeron sobre él. Al menos, no podrían dispararle más desde la misma posición. Will, sin pensárselo, sacó su ballesta –préstamo de Gneo para su joven amigo- y rodó hasta Roderick –Zung-, esquivando milagrosamente un nuevo virote.
Trelmar se apoyó en el marco, apuntó un instante y disparó dos flechas antes de apartarse a cargar y –Zuc, zuc- esquivar otros dos proyectiles, que se clavaron en el marco de la puerta. Ese breve segundo le bastó a la mercenaria para calcular sus movimientos y prever los de sus enemigos: Los tiradores, media docena de goblins flacos, se habían parapetado tras una mesa, y apenas asomaban la cabeza cuando no disparaban sus ballestas. Detrás, una puerta entornada.
Al instante, Gneo aprovechó para entrar y, a la vieja usanza, echarse la capa para atrás y lanzarse sobre las espantosas criaturas. Algún golpe se llevó pero en cuanto empezó a rebanar cabezas el reto de goblins quedaron un tanto paralizados y – ¡Dioses que asco!-, su sangre apestaría días en la ropa del soldado. Claro que la habilidad de Trelmar y Will para ensartar cabezas al vuelo también sería recordada.
El soldado apresurose a buscar un trapo con que limpiar su arma, envainó y se unió a Trelmar, que aflojaba las correas de la armadura de Roderick, ya inconsciente, para facilitarle la respiración.
«Tendremos que llevarle al campamento» dijo ella. Uth Scher había perdido una buena cantidad de sangre. «Ayúdame a llevarlo a las mesas de la entrada», y lo cargaron entre ambos.

Velvet, que había permanecido vigilante en la retaguardia, y había logrado prender de nuevo la antorcha, se acercó en cuento vio a Roderick llegar.
«¿Quien nos ha atacado?»
«Goblins. Interrumpimos su hora del almuerzo» respondido Gneo.
«¡Luz!» gritó Will desde la sala cocina.
«Id si queréis, yo ya he tenido suficiente ejercicio por hoy. Se me ha abierto el apetito» concedioles Gneo a sus compañeras.

Kal, que también había permanecido en el pasillo durante la refriega, observando los movimientos de los que debían protegerle en el bosque de Wayreth con frialdad, entró en el cuarto, precediendo a Trelmar y Velvet. Se acercó al puchero que aún hervía al fuego, ahora manchado de sangre de goblin, y lo olisqueó, obligándose a apartarse. ¡Apostaría que aquello servía como aceite para antorchas!

La puerta que Trelmar había visto entornada estaba ahora abierta, y Will examinaba algo, agachado bajo el marco. Dentro de la habitación se dejaban ver estanterías llenas de alimentos en mal estado, y sacos y barriles en la parte inferior de éstas. En una esquina, descansaban un puñado de picos, palas y otras herramientas. Cuando la mercenaria y la Que-Shu se acercaron, Will las detuvo.
«Esperad. Mirad esto» dijo, mientras con su índice recorría un hilo, invisible unos segundos atrás. «Qué divertido ¿eh? Pues creo…». Empezó a empujar el hilo. «Que está conectado a esos sacos ¿Veis allí? Y, si se empuja lo suficiente, como pasando con decisión…»
Clac.
El hilo activo un sencillo mecanismo que rajó los sacos y liberó su contenido, llenando el cuarto de una espesa niebla blanca en un par de segundos.
«¡Je!» Will lo observaba maravillado y orgulloso a la vez, pero a Velvet no le pareció tan divertido, y lo arrastró hacia atrás por la camisa.
«¡Eh! ¿Qué…?»
«Debes ir con cuidado. Con la advertencia era suficiente para esquivarlo. Ahora deberemos esperar a que… el gas, se disipe»
«No creo que sea ningún gas, yo creo que simplemente es… harina» intervino Trelmar.
«¿Harina?» dijeron Velvet y Will. Ambos se avanzaron a oler la nube blanca que, muy lentamente, iba disipándose y dejando una capa blanca sobre el suelo.
«Pretendían… asfixiar a los intrusos con harina de trigo…» sugirió Velvet.
«O quemarlos» respondió Trelmar, a la par que apartaba el brazo a Velvet, que aún sostenía la antorcha.
«¿Quemarnos? ¿Cómo?» preguntó Will, que parecía estar disfrutando con tanto conocimiento de campo.
«Una vez, vi usar harina para escupir fuego. A un artista pobre… Pulverizada con la boca contra una antorcha, se convertía en una bola de fuego. Supongo que si se entra aquí con una antorcha, y los sacos se hubieran reventado, la explosión abrasaría vivo a cualquiera…» explicaba Trelmar. Velvet apartó más la antorcha.
«Uau… como magia ¿Eh, Kal?» sonreía Will. Kal los observaba con una mueca burlona en su rostro. De momento la mina no le estaba resultando todo lo interesante que prometía, pero al menos le estaba sirviendo para analizar a sus compañeros de viaje.

Cuando la harina se despejó, Velvet, Trelmar y Will entraron en la que debía ser la despensa de los mineros.
«Espero que no pensaran comerse eso…» Will señalaba un queso, cubierto de moho y roído por algún animalillo. Si los mineros mantenían su despensa así, no era de extrañar que hubieran enfermado.
Kal sacó un potecito de su bolsa, lo vació de la lana que contenía –para evitar su rotura-, y lo llenó con un poco del potaje del puchero. Un grito lo sobresaltó casi haciéndole caer la botellita. El grito provenía de la despensa.
Una rata –o al menos eso parecía-, de palmo y medio sin contar la cola, mordía con saña el tobillo de Trelmar, que se agarró el muslo con la cara desencajada. Velvet golpeó al animal con la antorcha, haciéndolo chillar de dolor y soltar el tobillo de Trelmar, que se apoyó en una de las estanterías para no perder el equilibrio. El animal salió corriendo hacia la puerta, donde Will intentó interceptarla con su cuchillo en la mano, pero se escabulló entre sus piernas y se paró ante Kal, que inmóvil, observaba la escena, ahora mirando directamente al animal. El momento de duda del animal lo aprovechó Will para lanzarse y ensartarlo.

Entre el olor a pelo quemado y el del potaje de los goblins, al único que no se le había quitado el apetito era a Gneo. Con Trelmar cojeando y Roderick a la espalda del soldado, abandonaron la mina.