Despedida a Ana María Moix de Guillem Martínez

El periodísta Guillem Martínez ha colgado un largo comentario sobre la muerte de Ana María Moix en su muro de FB que me ha emocionado y quiero reproducir para que cuando Zuckerberg se lleve todo lo que hemos producido para él, yo siga disponiendo de ello en algún lado:

Llevo un rato en Google buscando un articulazo de la Moix. Y no lo encuentro. Así que se lo explico. El artículo a su vez explica el franquismo.
El artículo apareció en una serie veraniega del El País. Diversos escritores explicaban una foto de su biografia. Como es de suponer, la serie supuso un camelo. Sólo hubo un par de momentazos. Marsé enfrentándose al hecho de que fue un niño adoptado, y Moix explicando la historia de su primo, que aparecía en una foto presidiendo el artículo. Era un primo vestido de años 50, joven, gordito, riendo a cámara con una ausencia de maldad absoluta. Esos tipos existen. Yo he conocido un par. El artículo explicaba su historia. La historia consistía en una noche de reyes, en los años 40.
El primo vivía con con ella y con chorrocientos primos en una casa del Raval. Allí los había depositado la postguerra. El primo en cuestión, era hijo de un par de exiliados que se había ido por piernas e Barcelona la noche del 25 de enero del 39. Era un tipo raro. La rareza: todos los primos recibían la mañana de reyes una caja de lápices de colores. Hasta llegar a los 8 años. Entonces la abuela -una sargento; la matriarca de la casa-, les cogía por banda, les explicaba que, como ya sabían, los Reyes eran los padres. Y aquí se acaba la campaña de reyes de cada primo. Menos del primo en cuestión, que ya tenía 14 años, no daba muestras de percatarse de que los Reyes son de este mundo y, por lo tanto, recibía cada año sus colores. Pero ese año la abuela, moca, cogió al primo y, la noche del 5 de enero, le preguntó que si sabía quiénes eran los Reyes. A aquel niño se le iluminó la cara y contestó: “¡Sí! ¡Los padres!. Bien dijo, la abuela, pues mañana llegan, así que ya sabes lo que te espera. El niño conestó: “¡Sí¡”, y se fue pitando, dejando a la abuela aún más mosca. Bueno. Pasó esa noche. Al día siguiente, los primos menores de 8 años abrieron sus paquetes de lápices de colores. Los mayores de 8 años, los observaron, en el secreto. Cuando acabó el festival, todos repararon en que el primo raro no había hecho acto de presencia. Lo buscaron por toda la casa. No apareció. La abuela, desesperada, salió a buscarlo a la calle. Se lo encontró medio congelado, en el portal, junto a una maleta cutre con sus cuatro cosas. La abuela adivinó que había pasado toda la noche, en el portal, al relente. Le abrazó, y le recriminó al niños-primo-raro su conducta. ¿Por qué diablos había hecho esa locura?. El niño raro le contesto: “los padres… me dijiste que hoy vendrían papá y mamá”.
EL primo estuvo un mes en la cama. Pulmonía. Murió a los pocos meses de hacerse la foto esa del artículo. Y el Franquismo, a su vez, fue una mierda absoluta.